El acto de comer, sobre todo en grupo, se presenta como un factor de cohesión imprescindible dentro de la sociedad, lo que se ha venido a demostrar a lo largo de la historia a través de las costumbres de los individuos. Y es que resulta inevitable que los seres se reúnan durante una comida. Sin embargo, más que el propio acto de comer, lo verdaderamente relevante e interesante, es el hecho de mantener una interacción social entre cada uno de ellos, de fortalecer sus conexiones sociales trascendiendo el núcleo familiar, relacionándose con otras personas. Tanto es así que las diferentes comunidades han convertido el acto de comer en un instrumento de cohesión social.
Aún con todo, y para desgracia nuestra, la sociedad actual nos empuja a vivir y a comer de forma acelerada. De ahí que estén de moda, hoy en día, lugares accesibles a todo el mundo donde comer sin tener que mantener relaciones directas con los demás. En la actualidad estamos sometidos a un ritmo de vida, impuesto en su mayoría, que nos ha hecho olvidar el tomarnos nuestro tiempo para disfrutar de la comida, trabajar e incluso respirar.
Así pues, durante cualquiera de los talleres de ‘Lentitud extrema’ podemos llegar a observar como un simple acto innato del ser humano se convierte en un instrumento de la sociedad para promover la cohesión social y la reivindicación del propio espacio-tiempo. Se crea así, un gran marco de actuación en el que los individuos construyen, lentamente, un espacio de acción conjunto. Solamente se puede llegar a cimentar un área común si le robamos tiempo a los quehaceres diarios mediante la individualización e interiorización del propio espacio. De ahí que se abogue a través de ‘Avecindamientos discretos’ por una ralentización del proceso cotidiano para llegar a degustar y aprender a disfrutar de los placeres más ínfimos que se nos brindan
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